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Te invitamos a leer la columna de opinión de Inés Vega, miembro de SIMUC: “El grado académico como un medio y no un fin”

Inés Vega es una violinista chilena residente en Alemania, donde finalizó sus estudios de violín (Bachelor of Music) bajo la tutela de Carlos Johnson en la Musikhochschule de Lübeck. Sus inicios fueron en la Escuela de Música de la Universidad de Talca. Fue becada por la FOJI y el Consejo Nacional de la Cultura para estudios en el extranjero. Ha participado en clases magistrales con Marc Danel, Mayumi Seiler, Thomas Brandis, entre otros. Es academista durante la temporada 2017/2018 en la Orquesta Filarmónica de Lübeck. Se desempeña como primer violín del cuarteto Latin Strings, ensmable becado por la asociación “Live Music Now” de Hamburgo.

Terminar una carrera suena como el fin de un gran ciclo que comenzó desde nuestra niñez, a través de la enseñanza escolar. Sin embargo, como músico, me atrevo a decir que no es un cierre ni algo similar, es más bien el haber cumplido aquellos estándares que finalmente confirman nuestras habilidades profesionales, ya que el ejercer como músico suele no tener un origen del todo claro ni un final concreto, estaremos por siempre aprendiendo y mejorando. Además, tenemos la particularidad, en comparación a algunas profesiones, de que recibir la denominación “músico” es más profundo que el papel que lo acredite y de la práctica instrumental o vocal, hay quienes han cursado estudios y quienes jamás han puesto un pie en un conservatorio, pero son igualmente respetados.

No recuerdo cuándo fue mi primera clase de piano, ni tampoco la primera vez que mis padres me llevaron a mi primera excursión en el canto con el Coro de Niños de la Universidad de Talca. Tengo el vívido recuerdo de mi primera clase de violín a mis 7 años, porque realmente quería aprender ese instrumento. Sé que en algún momento era capaz de leer música con facilidad e incluso le hice pasar muchas molestias a mi madre, como profesora de teoría y solfeo en el Conservatorio, ya que no solía asistir a clases, pero sí me presentaba descaradamente a dar los exámenes finales y pude aprobarlos de alguna manera.

Durante todos mis años estudiando violín en mi ciudad natal, gracias a la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile (FOJI), tuve variadas instancias y oportunidades para conocer a colegas y profesores violinistas, lo que ayudó a abrir de a poco mis horizontes. En plena adolescencia, acompañada de mi padre cada sábado por medio durante dos años en la capital, pude tener clases particulares con Álvaro Parra; asistí a un seminario de violín en Venezuela; y fui miembro de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil por 3 años. No sabría decir si es lamentable o no, pero con oportunidades tan geniales, crecí con una idea errónea sobre mí, de que tenía muchísimas cualidades, por lo tanto, estaba en una burbuja. En cuarto medio, sin profesor de violín en aquel año, ya tenía decidido querer estudiar en Santiago, quería cursar estudios formales para luego trabajar en alguna de las orquestas profesionales de nuestro país. Vivir en aquella ciudad fue mi primer choque con la realidad musical.

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